Identidad (o llámame por tu nombre)
Me acuerdo de poner series nomás para llorar. Me acuerdo de descubrir el placer a solas. Me acuerdo de haberme ido de mi casa a los dieciséis. Me acuerdo de tener sed. Me acuerdo de la Ciudad de México, la más bonita del mundo. Me acuerdo de estar mal vestida. Me acuerdo de una franqueza sobrevalorada. Me acuerdo de ver una película y creer poder aceptarlo todo. Me acuerdo de tomar café por la mañana. Me acuerdo de ser ingenua y no valiente. Me acuerdo de mi crush, Don Draper. Me acuerdo de hablar y no darme a entender. Me acuerdo de marearme en la carretera. Me acuerdo de no extrañar. Me acuerdo de dormir del lado izquierdo de la cama. Me acuerdo de gustarme desnuda. Me acuerdo de inventar cuando no me acuerdo. Me acuerdo de despertar con melancolía. Me acuerdo de perder pronto el interés. Me acuerdo de querer ser actriz. Me acuerdo de hacerme un tatuaje en honor a mi papá. Me acuerdo de no sentir el corazón roto. Me acuerdo de anhelar serenidad. Me acuerdo de viajar sola un mes por India. Me acuerdo de sentir el milagro de confiar en alguien. Me acuerdo de nunca estar lo suficientemente flaca. Me acuerdo de ver “Días perfectos” de Wim Wenders. Me acuerdo de llorar más por coraje que por tristeza. Me acuerdo de leer un libro y creer poder entenderlo todo. Me acuerdo de ilusionarme por mudarme de casa, de barrio, de ciudad, de país. Me acuerdo de reflejarme en Jessica Jones. Me acuerdo de Nueva York en diciembre. Me acuerdo de ganar un pastel en una rifa. Me acuerdo de disfrutar las esperas inevitables. Me acuerdo de beber champagne porque sí. Me acuerdo de dejar cuatro carreras truncas. Me acuerdo de ser feliz por no querer ser nada. Me acuerdo de no saber andar en bicicleta ni nadar. Me acuerdo de empeñar mi Nikon una y otra vez. Me acuerdo de leer “Yo amo a Dick” de Chris Kraus. Me acuerdo de abandonar sin explicar. Me acuerdo de Natasha, el nombre que quiso ponerme mi papá. Me acuerdo de Lissete, el nombre que eligió mi mamá. Me acuerdo decir: “Llámame por tu nombre”.